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PEPE
LÓPEZ
Felipe González hizo célebre
la frase «me enteré por la prensa» cuando el GAL acechaba en la puerta
de su despacho en Moncloa. Esta semana, el alcalde de Orihuela, José
Manuel Medina, que no es González, pero que como aquel ha visto la
bicha merodear a la puerta de su sillón de primer edil, también se ha
agarrado a esta explicación para decir que lo sucedido con el vertido
de lodos procedentes del cauce del río en su propio territorio no es
cosa suya. Si él, el alcalde de la población más afectada por la
sangrante contaminación del Segura, por el pestilente hedor de un cauce
que, dicho está mil veces, ha dejado de ser río para convertirse en
colector de las miserias industriales y humanas, si él ha dicho en sede
judicial que se enteró de todo lo ocurrido en aquel año 1998, a tres
palmos de sus narices, «por la prensa», qué no van a decir y declarar
otros que debían estar algo más alejados y que no sufrían sus
nausebundas consecuencias. Y es lo que han hecho. Quitarse de en medio
en una vergonzosa actitud de cobardía y de «sálvese el que pueda». Este
es, al parecer de uno, el triste resumen del primer juicio por la
contaminación del Segura, un hecho que ha servido, al menos, para poner
al descubierto el desgobierno, la falta de responsabilidad y de
criterio de todas las administraciones (Consell, Confederación
Hidrográfica del Segura, Gobierno regional de Murcia, ayuntamientos
ribereños, etc) en el deterioro de lo que Miguel Hernández cantó como
un río lleno de vida. Esta descarnada realidad nos lleva a otra: todos
se enteraron «por la prensa» porque todos (casi sin excepción de
siglas) prefirieron mirar para otro lado y no ver lo que ocurría más
allá de los visillos de sus despachos y de las afelpadas alfombras que
los adornan y tras las que se esconden. Es la complicidad compartida.
Tres días ha durado el primer juicio sobre la contaminación del Segura,
el primero, pero no el más importante de los previstos, ya que sólo se
enjuiciaba aquí un hecho puntual (el vertido de lodos procedentes del
lecho del río en los sotos, zonas de recreo ganadas al Segura tras su
encauzamiento). Con independencia del sentido de la sentencia (condena
o absolución de los dos únicos imputados), parece evidente que el solo
hecho de la celebración de esta maratoniana vista se puede considerar un
éxito para los denunciantes, para los ecologistas, para las plataformas
Pro Río y para algunos (pocos) alcaldes y responsables que han
alentado, muchas veces en contra de las directrices de sus partidos y
gobiernos, esta protesta contra el envenenamiento silencioso de un río
y, quién sabe, si de sus propias gentes. De las interminables
declaraciones de las partes (acusación, defensa y Fiscalía) y de los
numerosos testigos y peritos presentados por unos y otros en la vista
oral, lo lamentable y curioso es que las horas de declaraciones no
hayan servido para aclarar una cuestión fundamental: quién ordenó
verter los lodos extraídos en el cauce del río a su paso por Rojales y
Orihuela en los sotos ribereños de estos municipios. Aunque la defensa
de los dos imputados llegaron, en un ejercicio que cabría calificar de
malabarismo circense, a poner hasta en cuarentena que existiese vertido
y vertedero, de estas mismas declaraciones lo único que ha podido
saberse es que nadie(?) dio la orden, y que los dos imputados, un
técnico de una empresa privada encargada de extraerlos y otro de la
CHS, «debieron» actuar por iniciativa propia. Vamos, que un día se
levantaron y decidieron que lo mejor era llevarse esa basura (¿tóxica?)
a lugares de recreo y a escasos metros de zonas habitadas, y todo sin
realizar estudio de impacto medioambiental alguno. Para los alcaldes de
Rojales y Orihuela (ambos declararon como testigos) su papel y
responsabilidad en los hechos es ninguna. Tanto que, como decíamos al
principio, José Manuel Medina vino a decir que él se enteró del vertido
por los periódicos y no quiso saber nada más. O sea que nadie dio orden
verbal o escrita al técnico de la CHS y al de la empresa para que
vertieran los lodos donde se echaron. Tampoco la segunda gran cuestión que
se dirimía aquí, si eran o no tóxicos, ha corrido mejor suerte.
Mientras los peritos de Fiscalía y acusación defendieron la toxicidad
de los mismos y sus efectos sobre la salud humana a través de la cadena
trófica, los de la defensa lo negaron y prefirieron desviar el tiro al
terreno de la «conspiración» contra la CHS y lindezas por el estilo.
Aquí la ciencia ha contribuido poco a la tranquilidad ciudadana y habrá
que preguntarse si ésta también entiende de colores políticos. Llegados
a este punto, pendiente la primera sentencia sobre la contaminación del
Segura, y en un ejercicio de justicia histórica habría que reconocer
que de lo sucedido estos días en el Juzgado de Orihuela sí habría que
extraer una, al menos una, consecuencia positiva. No es otra que la
propia celebración del juicio y que ésta ha sido posible, en gran
medida, por la protesta continuada de gran parte de los ciudadanos de
la Vega Baja, mayormente los ribereños del Segura. Visto desde esta
óptica hoy resulta paradógico el desprecio y represión de quienes
encabezaron las primeras protestas. Mediados los noventa las cosas eran
muy distintas a como son hoy. Las autoridades sabían de sobra lo que
pasaba pero preferían enterarse «por los periódicos», sin importarle
que esa misma prensa llevase dos décadas de denuncias. Ellos, los
responsables, los de antes y después, negaron hasta la saciedad que
hubiera caso, y sólo cuando la manifestación les desbordó decidieron
que «algo había que hacer», aunque fuera suturar la herida con
parcheos. Fue en este escenario donde comenzó el rosario de protestas
encabezadas por un grupo de amas de casa de Rojales y unos cuantos
ecologistas «locos» (Cauce Arriba). Ellas y ellos fueron los que
rompieron el hielo y abrieron la herida que aún hoy sangra en la Vega Baja.
Durante sucesivos fines de semana, un grupo de jóvenes fueron
recorriendo la comarca en protestas que empezaron teniendo escaso eco
(hubo días y protestas en los que había más policías que
manifestantes), pero que no tardaron en prender. En esos rescoldos
nacieron colectivos como Pro Río, Segura Limpio, que pronto tomaron el
testigo y fueron los grandes cauces que permitieron la riada humana que
siguió y que, bien es cierto, ha sido la que ha hecho posible y
arropado este primer, que no único, juicio. Fue, como se ve, de todo
esto, que no es poco, de lo que Medina dijo enterarse «por la prensa».
Esperemos que más pronto que tarde podamos conocer si detrás de esas
decisiones había alguien, si hubo quienes no cumplieron con su
responsabilidad y no tuvieron ni la decencia de hacer cumplir la ley ni
de irse. Ahora, como en los fondos reservados, lo trágico no es lo que
ocurrió, que también y mucho, lo lamentable es que, descubierto el
pastel, nadie, absolutamente nadie, tenga la valentía de dar un paso y
reconocer que él sí estaba allí. Aunque esto parece cosa de héroes, no
de quienes nos gobiernan.
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